SANTIAGO DEL ESTERO

RIÑA DE GALLOS
Pasión bajo el tinglado

 


 


La cuna de ciudades y de la chacarera es el principal escenario argentino para una tradición que se remonta a tiempos remotos. Un extraño ritual, con sus fieles seguidores y sus dosis de perversidad y sadismo.
El lugar es grande y está cubierto por un tinglado de chapas. Los fieles al rito se saludan, comparten nervios, dibujan apuestas. En cualquier momento, cuando el juez lo disponga, ese pequeño mundo techado se va a transformar en el escenario de una batalla. Atrás, ahora olvidadas, las brasas esperan el asado, pero la concurrencia está poseída por los gladiadores emplumados. La semana anterior se había hecho un encuentro nacional en el polideportivo de Río Hondo y los fieles dicen que se puso lindo.
En Buenos Aires no está bien visto, es ilegal, pero existen lugares donde el ritual se practica, como en Tucumán, donde sí está permitido. La riña de gallos se oficializó recién en el siglo XVIII y tuvo su primer antecedente argentino en la provincia de Córdoba, donde también era considerada un deporte.
En Río Hondo, la ciudad santiagueña de las aguas termales, donde se levanta este coliseo de chapa sin tablones, los fieles observan que sobre la única pared alguien anota los pesos de los animales, alimentados a base de arvejas, lentejas, trigo y maíz. Es difícil hacer que los gallos se dejen colgar para que los pesen. Pero el juez está ducho, tiene muñeca, y cuando el forcejeo termina, el animal es despachado hacia al zona del ring.
Parece parte de un ritual solemne y silencioso, aunque de fondo no dejan de sonar cumbias. En la esquina del brete le colocan los espolones de acero y humedecen con una esponja a un gallo tuerto. Cuando el juez inicia la riña, lo escupen para lubricarlo. De la esquina incitan "al pupilo" a que demuestre lo que sabe, que no se ponga ansioso, que espere para dar el picotazo, pero que se cuide el lado ciego.
Hipnotizados y apasionados, los fieles se entusiasman, claman, se aferran al borde del ring mientras los bichos se agarran del pico y se retuercen en el aire. El ritual está en su apogeo, los fieles aprueban y comienzan las apuestas. La sangre dibuja el contorno del pico del tuerto. La pelea se hace lenta como una partida de ajedrez, sin juego ni ciencia. El tuerto está cansado. Respira profunda y lentamente. Vuelve al frente resignado.
Las plumas brotan de un feroz revoleo de patas, el dinero se reparte y se oye apenas el chirriar del asado. Es la mística de este ritual de Río Hondo que se mantiene a través del tiempo en una tierra caliente, acompasada por la chacarera.

Informe y fotos: Fernando Calzada

 

 

 


EN EL RING SIDE. Río Hondo: el público absorto, concentrado en cada movimiento de los gladiadores emplumados, que primero fueron pesados como manda el reglamento. Las apuestas suben entre gritos, gotas de sangre y el sonido de la cumbia. Después, junto con el asado, llegará la hora de los comentarios y de ir pensando en los próximos combates.

 

 

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