Peligrosas tentaciones
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Por José Manuel Pietri
Córdoba, Argentina
Aunque parezca mentira, el enemigo más peligroso que suelen soportar nuestros gallos no son aquellos gladiadores que se preparan en la gallera de nuestros ocasionales adversarios, sino nosotros mismos, sus criadores, quienes a menudo equivocamos el rumbo y, aun con más frecuencia, tenemos serias dificultades para resistir las dos tentaciones más probables de los galleros: la búsqueda irracional del gallo perfecto y el fenomenal encanto que nos produce la pluma ajena.
Si, por separado, cada una de estas tentaciones resulta nociva, cuando se asocian e interactúan, son capaces de hacer verdaderos estragos en nuestra gallera, pues se apoderan totalmente de nuestra capacidad de discernimiento.
No es ningún pecado buscar al gallo perfecto, al contrario, sólo que la búsqueda de la perfección suele ser la mejor excusa para llenar nuestra gallera con cuanto animal se nos ponga enfrente.
Soy de los que creen que la perfección en un gallo de riña está directamente relacionada son su capacidad para ganar, su eficacia para hacer valer sus cualidades y definir una riña, sin importar la jerarquía del rival. A veces, estos gallos no son muy lucidos en su accionar, no tienen un físico deslumbrante, sino que representan una maliciosa invitación a introducir sangre nueva destinada a realzar sus cualidades. Cuando esto sucede, estamos ante el amargo comienzo de un lento proceso de destrucción de familias de reconocido valor.
¡Cuántas veces nos encontramos hablando con galleros amigos sobre aquellos gallos que tantas satisfacciones nos dieran y de cuya sangre no queda ya ni una mísera gota en la gallera!
Verán ustedes que, al analizar cómo se fue perdiendo, nos encontramos con la triste realidad que no se debe a que la haya diezmado alguna peste bíblica, sino a nuestra incapacidad para sostenerla en el tiempo, a nuestra ceguera que impidió darles el lugar que merecidamente se habían ganado.
Sabemos que es imposible mantener a perpetuidad las cualidades de cualquier estirpe, pero no es menos cierto que si hacemos las cosas con una buena dosis de sentido común, podremos disfrutar de sus atributos por un largo tiempo. Se trata sólo de seleccionar y enrazar con sensatez, sin prejuicios; de informarse adecuadamente y, sobre todo, de no caer en actitudes soberbias y desdeñar por completo la ayuda de la ciencia. La genética no nos indicará lo que debemos hacer, pero sí nos orientará para poder comprender porqué suceden las cosas; además de que contribuirá a que podamos entender cuáles son nuestras posibilidades de éxito cuando ponemos en cría a nuestros animales.
Al fin logramos que ese gallo que nos deslumbró pase a formar parte de nuestra gallera, le sacamos cría con cuanta gallina tengamos disponible? Poco nos importa postergar a nuestra vieja y confiable familia por una temporada más. A fin de cuentas, estamos convencidos que la cría de nuestro nuevo gallo será todo un éxito.
Por desgracia, la mayoría de las veces no sucede; y no sólo debemos eliminar todo lo que sacamos, sino que además comenzamos a atrasarnos con la estirpe que nos habría sostenido en un razonable nivel de competencia.
Esta forma de manejarnos suele ser el preludio de una serie de decisiones equivocadas, que nos llevan a reducir lo que no deberíamos y a agrandar lo que tampoco deberíamos.
La necesidad de refrescar la sangre es ineludible, pero hacerlo de manera indiscriminada nos conduce, por lo general, a un verdadero fiasco. La impronta, la capacidad del criador para seleccionar sus aves, es el factor que determinará su éxito o su fracaso.
Tomarse ciertas licencias en un ámbito prolijo, metódico, no es un problema, pues siempre serán controlables; pero hacerlo en medio del desorden y la improvisación resulta demasiado peligroso.
El aprendizaje de quien comienza a criar gallos es básicamente el mismo que el de aquel que pretende tocar un instrumento musical, o de quien asiste a una universidad para recibirse de médico; hay principios esenciales que son comunes a todos los que desean adquirir algún conocimiento específico. Por eso me pareció pertinente refrescar algunos conceptos de Comenius (1592-1670), teólogo protestante e impulsor de una nueva ciencia: la pedagogía. De su obra Didáctica Magna, extraemos algunos preceptos básicos:
¿A quién no le ha pasado que, cuando?
1.- Iniciar el aprendizaje con una preparación del espíritu.
2.- Ir de lo general a lo particular.
3.- Avanzar de lo fácil a lo difícil.
4.- Progresar lentamente en todo orden de cosas.
5.- Empezar por dar sentido a todas las cosas.
Estos preceptos, aunque su fin fuera mayormente didáctico y dirigido a niños y adolescentes, nos involucran a todos, desde el que aspira a convertirse en criador de gallos hasta quien pretende ser un futuro astronauta. Por eso convendría no olvidarlos. |