LIDIAS DE GALLOS DESDE TIEMPOS INMEMORIABLES
(1762) ( APUNTES SOBRE LA LIDIA DEGALLOS )
Sin que pueda determinarse a punto fijo cuándo tuvo lugar la primera lidia de gallos en Lima, sábese de cierto que medio siglo después de fundada la ciudad era ya general la afición, y que en las calles, plazuelas, huertas y aun en los claustros de los conventos había jugadas de a pico y de navaja. Como sucede hoy mismo en los pueblos de la costa, la festividad de ciertos santos se celebra con juegos de artificio, novillos y gallos, espectáculos que tambien tenían lugar en la elección de prelados o en conmemoraciones de sucesos faustos. En los tiempos de Amat, era la plebe harto entusiasta por las lidias de gallos, y así los artesanos como los los sirvientes desatendian sus deberes por jugadas de gallos en plena calle. Resultaban de aqui graves pendencias y alarmas para el vecindario pacífico. No atreviéndose el virrey a ponerse en pugna abierta con el pueblo, prohibiendo el feroz entretenimento, se decidió a reglametarlo y para ello empezó por aceptar la propuesta que hizo don Juan Garial para construir un coliseo en la plazuela de Santa Catalina y en terreno colindante con la muralla. La fábrica se concluyó en 1762, y el empresario Garial se comprometió a dar anualmente quinientos pesos al Cabildo y quinientos al hospital de San Andrés, en compensación del privilegio exclusivo que éste tenía sobre la casa de comedias. Al principio concedió Amat permiso para que los domingos, dias festivos, martes y jueves pudiese el empresario lidiar gallos; pero en 1786, y por Real dédula que vino de Espana, se hizo extensiva la licencia a los sábados. En 1781 pasó el edificio a ser propiedad del Estado, asignándose al juez del espectáculo el sueldo de quinientos pesos al año. En 1804 se trasladó el coliseo o cancha de gallos a la calle del Mármol de Carbajal, en la parroquia de San Marcelo, edificio que conocimos en pie hasta 1868, en que fue demolido, pasando a ser propiedad de un particular, que sobre el terreno donde corriera la sangre de innumerables víctimas de la navaja construyó una espléndida casa Proclamada la Independencia , el ministro Monteagudo, por decreto de 16 de febrero de 1822, abolió el juego de gallos. El coliseo permaneció cerrado hasta pocos meses despues de la batatalla de Ayacucho, en que los colombianos que eran tan aficionados como los limeños a la lucha de animales de pluma, pasaron por encima de la prohibición. Poco después, el Consejo de Gobierno restableció las lidias, destinando el producto del remate para el sostenimiento del Seminario. Continuó funcionando la casa de gallos hata el 9 de febrero de 1832. El ministro de Gobierno don Manuel Lorenzo Vidaure pasó en esa fecha un oficio al prefecto de Lima, en el que se dice que no podía tolerarse que el producto de una casa de inmoralidad, patrocinadora del ocio y del fraude, se aplicase al seminario de Santo Toribio, dándose por sustento a una escuela de virtud el pan producido por el vicio. Vino la guerra civil , y con ella bastó una disposición prefectural para convertir en letra muerta el decreto supremo, hasta que, bajo la administración del presidente Coronel Balta, se eliminó de la central calle del Mármol de Carbajal ese foco de corrupción Fuentes , en su estadistica de Lima, publicada en 1558, trae la siguiente descripción: ”La cancha , o lugar de la lucha, es perfectamente circular, y tiene de circunferencia cuarenta y dos y media varas. Los asientos, colocados alrededor, forman nueve gradas que pueden alcanzar para ochocientas personas. Tiene doce palcos bajos y treinta y uno altos, además de la galeria del juez. La entrada vale dos reales por persona. Hay docientas ocho galleras, que son unos pequeños cuartos sin puertas, separados unos de otros por quinchas de caña. El juez recibe una gratificación ( cuatro pesos ) todas las tardes de lidia. Las jugadas se hacen en la actualidad casi todos los días. Concurren a ellas, por término medio, cuatrocientas sesenta personas, y a las de mucho interés hasta mil docientas, que son las de la casa puede contener. El número medio de corredores es de quince. El dinero que , según datos fidedignos, se atraviesa en todo el año, entre caja y apuestas, asciende a noventa y ocho mil pesos, no incluyéndose las jugadas extraordinarias, en las cuales toman parte personas de alta posición social, y en las que han solido apostarse hasta veinte mil pesos en una tarde”. El gallero es un tipo digno de estudio. Dejando a parte los aficionados, cuya fortuna les permita criar gallos en cómodas casillas o galleras, y destinar dos o más criadores para que los cuidasen, exhibimos sólo al gallero del pueblo bajo. No había en Lima rapista o maestro de obra prima que no fuese insigne gallero. Tras de la puerta de la barberia o al pie de la mesita de trabajo, y entre el cerote, las hormas y el tirapié, estaba amarrado el malatobo, el ajiseco, el cenizo y el cazili. Cuidábanlo como a la niña del ojo, y bien podia faltarles el pan para su familia antes que el maiz para su engreido. Una mañana el zapatero apocaba la pinta o el espolón del gallo de su vecino el barbero. Picábase éste, y quedaba amarrada la pelea para una semana después. Desde ese instante se daba otra alimentación al animal y se le media el agua. Ciencia se necesita para preparar un gallo, y cada aficcionado tenia su método especial, fruto de la experiencia. El día señalado para la lidia apenas se se dejaba probar bocado al animalito, porque recelaban que con el buche lleno anduviese pesado en su vuelo y movimiento. Aquel día no cesaba el dueño de acariciar a su dije. Por la tarde envolviase el zapatero en la mugrienta capa y, llevando bajo sus pliegues escondido al gallo, dirigíase al reñidero, acompañado de sus amigos, que , habiendo conocido al animal desde pollo y vístolo topar, no daban por medio menos su victoria sobre el lechuza del barbero. Tal vez de aquí nacío el preguntar, en Lima, a todos los que llevan un bulto bajo la capa: “ Amigo, se vende el gallo?”. Acontecía que el lechuza hacia picadillo al aguilucho. Los perdidosos se volvían cariacontecidos, llevando el dueño, bajo la capa se entiende, el cuerpo del difunto, que con arroz y pimientos hallaba al otro día sepultura digna en el estómago del zapatero y de sus camaradas. Así el triunfo como la derrota eran pretexto para empinar el codo. El vencido encontraba siempre manera de defender al muerto, culpando al que amarró la navaja o a un tropezón con la tapia del circo. De puro bueno perdió mi gallo; porque si el contrario no se rebaja a tiempo, le habría clavado la navaja hasta el sursum corda. Jamás convenia el perdidoso en que su gallo hubiera sido vencido en buena ley o en que era un chusco y cobardón. “Los corredores de gallos- dice otro escritor- tienen signos convencionales para entenderse desde lejos. Son los siguientes: “El restregar cuatro dedos de una mano con el pulgar de la otra, significa que se da diez contra ocho. Juntar los indices quiere decir pelo a pelo o sin ventaja. La mano puesta sobre el hombro equivale a dar diez contra seis. Hacer un signo en la frente, como dividiéndola, era dar diez contra cinco. Y por fin, echar un corte de manga significa diez contra siete”. Esto de contratar por señas convencionales nos recuerda a las meretrices de Grecia, a las que el galán solicitaba alzando el dedo indice y la hembra contestaba formando un anillo con los dedos pulgar y anular. No había para que gastar palabras. Pocos juegos se han prestado a trampas más que el de gallos. Para explotar a los incautos, echaban en la arena un animal rozagante contra otro de enclenque aspecto. Las apuestas en favor del primero eran, por supuesto numerosas y teníase por gran torpeza arriesgar un centavo en pro de su rival. Pero, ! oh maravilla!, el gallazo o no hacia golilla, o cacareaba y corria, o se dejaba matar por su contrario el gallito tísico. Los que estaban en autos sabían que el rozagante, o lo habían emborrachado con sopas de vino, o puéstole un pedacito de plomo en la cola para embarazarle el vuelo, o apretádole las entrañas el careador, o hecho en el infeliz alguna otra diablura. Gallo hubo reputado por invencible y que contaba por docenas las victorias.! Era un diablo el animal! A la postre, una tarde se descubrió la trampa, era gallo blindado como los buques de guerra. Su dueño lo armaba con coracita de hoja de lata ingeniosamente* dispuesta, y contra la que era impotente la navaja. ”Las personas encargadas de preparar los animales para la lucha_ dice Fuentes _, las que con el nombre de corredores se ocupan en arreglar las apuestas, y todos cuantos tienen interés o participación en las jugadas cometen hechos de la más demostrada inmoralidad y del más declarado robo, terminando casi siempre cada pelea con una algazara, en la que no pocas veces se oyen insultos a la autoridad que preside el espectáculo. Las cuestiones sobre equívoca victoria de un gallo se dirimen por careo o por dictamen, frecuentemente parcial, de los peritos nombrados ad hoc”. Eso de amarrar la navaja requiere de ciencia y, más que todo probidad. Los amarradores, sujetos a quienes el pueblo bautiza con algún apodo, son propensos a dejarse cohechar.
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