Fiesta Patronal de San Agustín de las Cuevas

¿Por qué se llaman Fiestas de San Agustín?

San Agustín de las Cuevas

Tlalpan, lugar de Tierra Firme del Valle de Anáhuac, cuenta con una historia amplia, en la que destacan las Fiestas de San Agustín de las Cuevas, nombre que el 28 de agosto de 1645, fue asignado a esta demarcación, debido a que ese día se celebra el santo del mismo nombre. Así mismo, las cuevas que la explosión del Xitle dejó en la zona, dieron apellidos a San Agustín y se conoce con los nombres de Gallinazo, Aile, Diablo, Monja, Tzoncuicuilco, Jazmín y Pedro el Negro.

Estas cuevas que rodeaban a Tlalpan, estaban llenas de misterio y de anécdotas, por ejemplo, eran lugares en donde se escondían las gavillas de los asaltantes, de los viajeros que se atrevían a cruzar por el Mal País, como le llamaban al Pedregal. Además, algunas de ellas aún conservaban algunas obras de arte, como la de la Monja en que existen pesebres de mampostería, construidos probablemente por los insurgentes.

?Por qué son famosas las Fiestas de San Agustín?

La feria que conmemoraba al Santo Patrono, llegó a ser una de las más famosas y concurridas, por sus bailes populares, fiestas de carnaval, palenques, juegos de azar, peleas de gallos, charreadas, serenatas con estudiantina, misas, ferias, venta de antojitos mexicanos, procesiones de los barrios del Centro de Tlalpan: Ni?o Jesús; San Fernando; El Calvario; San Marcos; La Conchita ; La fama, La Santísima ; La Joya ; San Pedrito y Pe?a Pobre, entre otros.

En esta Fiesta, celebrada anualmente durante tres días, la abundancia de oro y plata era admirada por los extranjeros que visitaban México quienes se asombraban de la facilidad con que se perdían y ganaban fortunas inmensas, prestigio y hasta esposas. Antonio López de Santa Anna, entre otros muchos personajes históricos, la convirtió en su favorita porque pudo satisfacer su afición desmedida por el juego. De tal suerte que en 1845 el juego adquirió proporciones tan alarmantes que el Gobierno del Estado de México, al cual pertenecía Tlalpan prohibió este tipo de actividad, misma que se reinició en 1853.

Esta Feria, también llamada de la Pascua del Espíritu Santo, fue considerada por las familias de México como un acontecimiento de la mayor importancia. Todos los carruajes, diligencias, ómnibus y hasta los carretones eran ocupados, las calles centrales se llenaban de vehículos de transporte, la multitud de personas y ni?os arribaban desde las seis de la ma?ana, la concurrencia era más considerable desde el tercer día, en que la calzada se llenaba con casi todos los vecinos de la capital.

En el interior de las diligencias y ómnibus que conducían viajeros a San Agustín de las Cuevas siempre había alegría jolgorio y regocijo. Al llegar a Tlalpan, y mientras los garitos, los visitantes disfrutaban de un paseo por las calles de Tlalpan o tomaban la comida en la que reinaba la más cordial alegría, el gozo se reflejaba en todos los semblantes de quienes bebían el cognac, el kirsch y el anisete.

Después de almorzar, los paseantes se dirigían al monte, diversión principal y casi exclusiva de la fiesta, que duraba ocho días. Los concurrentes salían de un garito para entrar a otro y muchos, después de las apuestas se quedaban sin recursos para comer o regresar.

Mientras los ávidos jugadores dispendían sus fortunas, las se?oras concurrían en las ma?anas a las peleas de gallos, en la tarde al paseo del Calvario, con su capilla pintoresca. Por la noche, se dirigían a los bailes en donde se tendía una elegante sillería.

Pelea de Gallos


En la Plaza se improvisaba bajo tiendas de campa?a, neverías, cafés, vendimias, juegos de dados de cartas y carcamanes para los visitantes.

Algunas familias visitaban las huertas y casas de campo, entre las que se distinguían las de D. Cándido Guerra, D Joaquín Rosas, D Manuel Escandón, D. José María Andrade.

La fiesta se celebraba, además con grandes funciones de Iglesia con repiques, cohetes y chirimías. En la extensa plaza se instalaban fondas, neverías, hospedajes y tiendas por todas partes; carcamanes y ruletas, bisbis y bolitas de colores, juegos en todas sus multiplicadas combinaciones y trampas. El lugar se adornaba profusamente, banderas en las pulquerías y cantinas; tiras de heno de azotea a azotea, con anuncios de todas clases.

En las afueras de la población, y bajo los árboles o entre los jacales, asnos, caballos, coches bombé y carretones con toldo, sonecitos del Jarabe, el "Dormido", el "Perico" y el "Aferrado". Se veían escenas de gozo general: frente a un puesto de enchiladas, una pareja bebiendo chínguere, bailaba "Los Enanos".

En los garitos, la veleidad de la fortuna era recubierta por vidrios pringosos que resguardaban las diez cartas de la baraja espa?ola, una roja y otra negra. El carcamanero agitaba los tres dados en el cubilete de cuero, cantando el naipe acompa?ado de cascabeles, la carta afortunada que algunos llenaban de riqueza y a otros les develaba su derrota.

Así pasaba la famosa temporada de Pascua en Tlalpan, la cual tuvo modificaciones diversas, hasta que en los últimos a?os se invitaron a participar en la celebración, a grupos artísticos de alto nivel. Desde entonces, las fiestas también se realizan en diversos pueblos, barrios y colonias de la Delegación , a fin de propiciar la integración, la participación y la identidad de los habitantes de la demarcación.

 

 

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