LA HERENCIA

NAGARRANSET


Hace cuarenta y tantos años, fueron populares en esta sección del país las competencias de posturas de huevos. Los competidores entregaban un número específico de pollas a la universidad del Estado donde fueron hospedadas, alimentadas y cuidadas bajo condiciones idénticas. Escrupulosamente se llevaban registros no sólo de cada jaula sino también de cada polla. Debe haber sido un trabajo horriblemente detallado, pero por eso les pagaron a los empleados. Si una polla murió o dejó de poner, lo cual se conoce como pausa invernal, también eso fue anotado. A ella no la podían reemplazar. No señor; su equipo sufrió las consecuencias de su incapacidad para producir. La competencia duró un período considerable de tiempo, quizá seis meses. Por una razón u otra, las posiciones acreditadas a las gallinas que estaban ganando se publicaban cada domingo en la página de deportes del diario. Este reportaje fue casi tan emocionante como observar el progreso de una carrera de veleros o un torneo de golf de damas. El editor debe haber sido un hombre de pollos, o le gustaban los huevos. Sin embargo, las competencias fueron interesantes para todos los criadores serios de animales, y sin duda esto tuvo un efecto positivo en la industria de la producción de huevos. Mucha información útil salió de las competencias. El punto aquí es que el mismo hombre ganó repetidas veces. Años después él divulgó el secreto de su éxito: él había descubierto que la gallina de alta producción transmitía estas características no a sus hijas sino a sus hijos, y que éstos, a su tiempo, transmitían la capacidad de alta producción de huevos a sus hijas. Consecuentemente ese tipo participaría en las competencias no con las hijas de esta gallina de alta producción sino con las hijas de su hijo, o sea, las nietas. ¿Ahora, qué significa esto para nosotros, como criadores de aves de pelea? Quizá algo. Quizá nada. Si pudiéramos averiguar cómo se trasmite una característica específica de pelea , digamos cortar, de una generación aotra, podríamos efectuar mejorías sustanciales en nuestra línea. Tal vez tales características siguen un patrón básicamente determinante de trasmisión, y tal vez no. Durante mucho tiempo hemos seguido la teroía de prepotencia de parte de un individuo dado, gallo o gallina. Y no es una mala teoría tampoco. Funciona la mayoría de las veces. Ahora, si sólo pudiéramos descubrir cómo estos individuos sobresalientes y prepotentes trasmiten sus características, si a los hijos o a las hijas, y cómo proseguir después, estaríamos aún más adelantados. Por supuesto, esto requeriría de cruces sencillos en todos los casos, y mucho cuidado de llevar registros exactos. A lo largo, probablemente valdría la pena, o s a usted no le interesa tanto detalle, piense en sus experiencias en el pasado. ¿Sus gallos de mejores actuaciones en le anillo vinieron de los hijos del viejo Dinamita o de sus nietos; y si es así, de los gallos jóvenes de su hijo o de su hija? El recordar tales experiencias podría ser revelador. Hace años le regalé a un amigo, en otra parte del país un gallo que había estado peleando muy bien. Los hijos no valieron ni un cacahuate. El mató al ave original y regaló los pollos a algún joven, quien apenas comenzaba a jugar a los gallos. Unos dos años después ese muchacho apareció en el palenque de mi amigo, uno bastante conocido, con unos competidores que ganaron a todo el mundo. ¿Dónde diablos conseguiste aves cómo éstas?, le preguntó mi amigo. El muchacho respondió, ¿no se acuerda? Vinieron de los gallos que usted me regaló hace pocos años”. Ahí tienen. Una brecha entre generaciones. Pero debe haber algún patrón por la transmisión de características. Si sólo pudiéramos descubrir cual es. Ahondando en el punto, probablemente el mejor comentario que he escrito en mi vida acerca de la crianza, fue cuando dije: la transmisión de características hereditarias va más allá del entendimiento del hombre. En ninguna parte está mejor ilustrada esta verdad que en los precios de venta, en 1974, de los potrillos pura sangre para carreras. En aquel año los caballos tresañeros que corren hoy (1976) fueron seleccionados en ventas nacionales. Las mejores autoridades en línea de sangre, genética, actuación , etc. de todas partes del mundo estaban presentes, junto con millones de dólares para comprar la flor y nata de los caballos. Un potrillo se vendió por más de 600 mil dólares, otro en 300 mil, veintiuno de ellos fueron vendidos en más de 100 mil dólares cada uno, sumando un total entre tres y cuatro millones de dólares. ¿Y cuánto han ganado en la pista? Hasta la fecha los bebés de 3 a 4 millones de dólares sólo han ganado 50 mil dólares, lo cual representa solamente una fracción pequeña de su entrenamiento y gastos de mantenimiento. En otra palabras, la inversión completa de 3 a 4 millones de dólares se fue por una tubería. ¿Entonces, quienes son los que ganan? Un anciano de Puerto Rico, sin tener esperanzas de grandeza, compró al ganador del Derby de Kentucky en 15 mil dólares. Un ciudadano americano desconocido compró al ganador de la carrera Pearness en algo menos que eso. ¿Entonces, a dónde llevan a uno todos estos datos científicos, sabiduría de líneas de sangre, etc.? Por lo que veo yo, estos precios tan altos para los caballos son nada más que el resultado de la publicidad y la promoción. Estos compradores no saben nada más acerca de caballos que lo que sabemos usted o yo. Sólo tienen mas dinero para tirar. Pero el dinero no hace que sus compras corran y ganen. Como dijo un entrenador de una compra de 300 mil dólares: “No puedo ganarle ni a un un hombre gordo”. Por eso si su programa de crianza fracasa o resulta desilusionante, no se sienta desanimado. Le acompañan muchos hombres, expertos y científicos de caballos, y a usted no le costó ni una fracción de lo que les costó a ellos.-

UN VERDADERO CLASICO DE LA GALLÍSTICA.-
Hace unos cuarenta años, una de las organizaciones cívicas (Rotarios, Kiwanis, Leones, Exchange) no le diré cuál porque quizá no quiera se identificada, tuvo su Convención Internacional en Province, Rhode Island. Habían delegados de todas partes de Estados Unidos, Canadá, México y otros lugares. Como club anfitrión estábamos muy ansiosos De recibir a nuestros invitados en forma Regia y hacer su visita agradable. Una de nuestras actividades era un paseo en barco velero por la Bahía de Narragansett, con su escenario hermoso alrededor de Newport, donde toman lugar las carreras de yates American Club, y saliendo a mar abierto donde todos podrían arearse y así tener de qué hablar cuando regresaran a casa. Contratamos tres barcos, ya que había miles de delegados. El encargado de actividades del barco, donde yo estaba asignado, era un socio fundador de nuestro club anfitrión, un político prominente y un anfitrión escandaloso. Decidió que una actividad en nuestro barco debía ser una pelea de gallos, y me empleó para proporcionar a los peleadores. Quiero decirles que mi experiencia indica que el asunto principal en todas las convenciones de este tipo no es proteger a América, la democracia, las madres del mundo y otros asuntos sin importancia, sino determinar el sitio o ubicación de la convención del año siguiente. El lugar que más les gustaría visitar y donde más se divertirían. Así fue el caso aquí. Había dos ciudades que estaban en competencia violenta para el dudoso honor: Tulsa y Chicago. Nuestro delegado prefería Tulsa. Vino a mi y me dijo –“¿Existe alguna forma de que puedas arreglar esta pelea para que gane cierto gallo?” – “Puedo intentar, dije yo, dándole desventaja a uno de ellos, pero no hay garantía. A los gallos no se les puede comprar como a la gente”. Esto le satisfizo. Estaba conforme mientras tuviera una leve ventaja. Damas y caballeros, en quince minutos habrá una pelea de gallos a muerte, en el alcázar de estribor. Qué escena de muchedumbre! Probablemente ninguno de ellos había visto una pelea de gallos, y aquí estaban lejos de casa, donde ninguno de sus decorosos amigos y vecinos se enteraría. Cada hombre y cada mujer que estaban a bordo corrió como loco al área designada para conseguir un buen asiento. Apareció el capitán. – “Coloca esta competencia en el centro del comedor principal” – ordenó, - “han hecho al barco ladear tanto a estribor que está por volcarse”. Yo buscaba a alguien que pudiera sostener los gallos mientras les amarraba las navajas. Por fin me fijé en un dentista bajito de nuestro club local que parecía ser un buen tipo y le pedí que me ayudara. Teníamos a los gallos guardados en uno de los llamados camarotes. No sé si alguna vez usted a estano en uno de ellos o no. Son más grandes que una caseta de teléfonos, pero no mucho. Una media tarima a un lado, un pequeño lavabo con un espejo arriba, al otro lado. Dos personas pueden voltearse allá adentro si mantienen sus brazos apretados al cuerpo, pero eso es todo. De todos modos, llevé el lavabo con agua para lavar las cabezas de las aves, ya que era un día de Julio con un calor infernal; saqué uno de los dos guerreros de su bolsa y lo pasé al doctor mientras yo desempacaba las navajas y demás equipo. El doctor se dio media vuelta para ver lo que yo hacía y el gallo vió su reflejo en el espejo a unos quince centímetros de distancia. ¡Whoosh! Se escapó volando de las manos del doctor y destrozó el espejo. Cayó al agua del lavabo debajo del espejo y ¡Whoosh! ¡Whoosh! Usted nunca ha visto tal cantidad de agua salpicando, gallo, patas, y alas volando, y los brazos del doctor tratando de protegerse mientras se le salían los osjos. Por fin pude regresar todo a la normalidad, pero el doctor temblaba como una hoja al viento. Por fin amarramos las navajas a los gallos y fuimos al comedor principal. Damas y Caballeros, anunció el Maestro de Ceremonias.- “Esta es una pelea a muerte. Su resultado determinará la ubicación de la Convención Internacional del año próximo. El gallo colorado representa la tierra roja de Chicago, Illinois. El gallo prieto representa la tierra negra de Tulsa, Oklahoma.” Yo le había amarrado abiertas las navajas al gallo colorado como una milla para que no pudiera cortar mucho, y además solo tenía un ojo. El prieto era un gallo macho y fresco que yo consideraba seguro para ganar. El público había dejado un círculo de combate un poco más grande que un metro cuadrado. Todos estaban sentados en el piso, y tuve que empujar hacia atrás lo que más pude, antes de que los gallos le cortaran a alguien las orejas. Finalmente los soltamos. El viejo colorado tuerto no sabía que sólo tenía que entrar ahí y tirarse al suelo. En vez de esto saltó un metro y medio en el aire, aterrizó en el lomo del prieto, incrustó hasta la botana las navajas abiertas aplastando al prieto como una tortilla. CHICAGO GANO LA CONVENCION. Los planes mejor pensados y tramados habían fallado. A veces el crimen no vale la pena.

 

 

 

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