¿LA GENÉTICA ES LA RESPONSABLE DE LA AGRESIÓN DE LOS GALLOS?

 

 

 


  De alguna manera la agresión entre distintas especies no fue un tema central de la etología, los motivos que determinan el comportamiento de un cazador en su interior son fundamentalmente diferentes de los del combatiente.


 El ejemplo de Lorenz en Sobre la agresión es muy claro al respecto:
 en la cara del león puede verse que no está enojado al momento de derribar un búfalo, así como se puede ver que el perro que se echa lleno de pasión cinergética contra la liebre tiene la misma expresión alegre y atenta que cuando saluda a su amo.


 El interés era el de estudiar la agresión intraespecífica ya que los nuevos resultados deberían aplicarse al estudio del hombre. En el caso del hombre, la agresión adquiere una forma peculiar. Según el punto de vista de los etólogos, nos parecemos a otras especies en el hecho de que luchamos con miembros de nuestra propia especie, pero diferimos radicalmente de las otras especies en que en la nuestra la lucha suele adquirir dimensiones destructivas.


 Los sistemas pulsionales en que se basa la agresión deben de ser innatos.
 Kruijt crió gallos de pelea en aislamiento, que cuando fueron adultos combatieron a sus semejantes con las pautas comportamentales típicas de su especie. Mas si no se les daba ninguna oportunidad de pelear, lo hacían con su propia cola o atacaban con los espolones su propia sombra, lo cual demostraba a las claras su ansia de combatir.


 Experimentos nuestros todavía en curso demuestran que los hámsters y ratones domésticos criados en aislamiento social y colocados dentro de un laberinto en T escogen por lo general la rama cuya camarita final contiene un congénere del mismo sexo libremente accesible y combatible. El congénere que se halla en la rama opuesta, dentro de una jaulita de alambre y por lo tanto inatacable, interesa visiblemente menos.


 Los mamíferos sin experiencia social dan, pues, muestras de apetencia para el combate. La idea de iluminar el comportamiento humano desde los avances de la ciencia biológica y concretamente desde la teoría de la evolución no era nueva. El mismo Darwin dio algunos pasos en esta dirección antes de ser desanimado por Wallace. Lo que sí era nuevo era el entusiasmo con el que dichas ideas se estaban aceptando, sobre todo la posibilidad de entender algunos de los comportamientos humanos más repugnantes desde el punto de vista moral tal como los asociados con la agresión.


 Los etólogos comprendieron que el estudio de la agresión humana -y concretamente la agresión intraespecífica (la que se ejerce entre los miembros de una misma especie y no entre especies distintas)- debería ser una de las directrices principales hacia las cuales enfocar la etología, y en esto coinciden prácticamente todos los intentos significativos por aplicar los avances de la biología al campo del comportamiento humano.


La idea de Toynbee según la cual la agresión humana era más un producto de la tradición que del instinto había quedado atrás y los avances que se preveían en las ciencias sociales eran promisorios. Tanto Tinbergen como Irenhaus Eibl-Eibesfeldt nos advierten que su principal interés es el estudio de la agresión.Podemos decir por lo tanto que las adaptaciones filogenéticas determinan el comportamiento agresivo en un gran número de vertebrados.


Muchos animales están programados de modo que reaccionan a determinadas señales con un comportamiento agresivo y las pautas motoras que intervienen en ese comportamiento son en esencia pautas innatas. Además, el comportamiento agonístico no siempre es de carácter puramente reactivo. La espontaneidad y la apetencia de combate demostrable también en los animales socialmente inexperimentados conduce a deducir la existencia de mecanismos pulsionales innatos.

 

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