Génesis de las lidias de gallos en Cuba y otros países de hispanoamérica
AUTOR: RAMÓN R. CORONA
PINAR DEL RÍO
CUBA
2002
PRÓLOGO
Este es apenas un compendio de un gran cúmulo de información alrededor del interesante tema de las lidias de gallos, recogida por el autor en consulta con personas que en algún momento estuvieron estrechamente vinculadas como criadores y aficionados, atendiendo a la fecha en que supuestamente apareció en nuestro país este pasatiempo, independientemente de cuántas diferentes opiniones se han echado a rodar sobre el asunto; no hay duda alguna sobre el hecho real de que esta fue la primera actividad que ocupó el interés de los criollos como elemento que sirvió por aquella época de manera única para el entretenimiento y que con el decursar de los años, antes y después de la República se practicó como un deporte casi exclusivamente de la población campesina.
Se muestran aquí algunas ideas acerca de distintas variedades de gallos, la forma en que se crían y cuidan y una pequeña relación histórica de su aparición y desarrollo en Cuba y otros países de Hispanoamérica.
DEL AUTOR:
Actualmente jubilado y miembro de la Unión de Periodistas de Cuba, Ramón Rodríguez Corona (Pinar del Río, 1925), ha sido periodista de prensa plana, locutor, actor y escritor de programas radiales; también ha laborado en la creación artística a través de los micrófonos de la emisora provincial de radio y de la prensa local, en su querida ciudad de Pinar del Río.
Ha resultado ganador de varios premios de actuación en festivales de radio y su dedicación y calidad en el difícil arte de la comunicación le ha ganado un destacado lugar en el aprecio de sus coterráneos.
En distintas oportunidades ha escrito y publicado cuentos y ahora, por primera vez, escribe sobre tan apasionante tema como lo son las lidias de gallos, sorprendiéndonos favorablemente con esta versión sobre el asunto.
Pepe Sánchez
GÉNESIS DE LAS LIDIAS DE GALLOS EN CUBA Y OTROS PAÍSES DE HISPANOAMÉRICA
El Banquiva, también llamado gallo salvaje, es el verdadero tronco de donde descienden todos los gallos de pelea. Este animal en estado salvaje habita en las selvas de Java y Sumatra, en el archipiélago de Indonesia. Raras veces ha sido visto por los nativos del lugar, pues la presencia del hombre los asusta, levantan el vuelo al instante y desaparecen.
La hembra fabrica sus nidos en la selva, sobre troncos de bambú y fue gracias a ello que un nativo encontró por casualidad un nido con seis huevos, no muy lejos de su aldea, los trajo consigo con el propósito de utilizar una gallina doméstica para su incubación.
Un colono inglés, propietario de una plantación de caucho, conoció la narración del hecho que le llamó la atención, adquirió los huevos y los llevó de regreso a su país.
Pese a cuidar con esmero tan original y preciosa carga, pocos días antes de arribar la nave al puerto de Dover en Inglaterra, nacieron cuatro polluelos, de ellos fallecieron dos y logró sobrevivir por suerte, la única pareja que se encuentra en el Jardín del Parque Zoológico de Londres, como atracción para el público.
Su descripción así lo demuestra, de esbeltez notable, regular estatura, cabeza alargada, cresta dentada, pico doble y reforzado, mirada penetrante, cuello ligeramente arqueado, alas largas apretadas al cuerpo, cruzándose a veces atrás, cola larga y abundante, al caminar extendida, patas fuertes, con espolones naturales pronunciados, color del plumaje rojizo oscuro (indio); existen otras variedades como jiros plateados, jiros prietos, jabaos y canelos.
Por su pureza, dado su estado salvaje, resultaría ideal para cruzar con nuestras gallinas criollas, después de adaptado y aclimatado debidamente, y acostumbrado a vivir en cautiverio.
Este tipo de gallo y no otro, es el más parecido por sus características exteriores a nuestros gallos criollos.
Desde épocas remotas, existen datos ciertos de la afición del hombre por las peleas de gallos.
Fueron los chinos, en el continente asiático, los primeros en practicar este deporte, dos mil años antes de nuestra era.
En la ciudad de Atenas, señala la historia, las peleas de gallos fueron consideradas por el pueblo griego como un deporte.
También en la época del imperio romano, sus ciudadanos rindieron culto al deporte de las lidias de gallos, ofreciéndolo como espectáculo a sus Césares, que lo disfrutaban y admiraban, simbolizando el valor en honor al gallo en sus escudos de armas, usados por sus ejércitos.
Años después, al surgir la civilización occidental, los ingleses lo llevaron a Inglaterra, pasando después a varias capitales de Europa, tales como Francia, Bélgica, España y los Países Bajos.
También en la India, este deporte es practicado por los Marajás. Como se ve, desde tiempos inmemoriales, ya se cultiva el deporte en todos estos lugares, presentando estas lides de gallos como un atractivo más en sus comidas de gala, dedicado a sus invitados.
Más tarde, durante la época colonial, pasaron a nuestra América.
De ahí, las distintas razas, cultivadas y empleadas en distantes regiones, dando origen a los diferentes tipos de raza de combate, conocidas hasta hoy, tales como: El Old English, en Gran Bretaña; el Cornish, de la provincia de Cornealles en Europa y el Asil o Raja Marga, en la India, considerados todos estos como raza originaria de combate.
A Cuba llegaron los gallos de pelea alrededor de 1826, fecha que no ha podido ser exactamente establecida, convirtiéndose la práctica de este deporte en lo que pudiera definirse como el principal medio de recreación y esparcimiento de los cubanos de la época, sobre todo de la población campesina, que lo acogió con interés y entusiasmo desbordantes. Las peleas de gallos finos fueron, un poco más tarde, declaradas ilegales y perseguidos los galleros tenazmente por las autoridades del gobierno colonial español, que optaron por la tolerancia, convencidos de que no podrían doblegar la voluntad de los criollos dispuestos a seguir adelante. Esta situación se mantuvo hasta el advenimiento de la república libre e independiente que reconoció las lidias de gallos y fueron autorizadas oficialmente.
Como curiosidad histórica subrayamos que el grito de Libertad e Independencia se dio en una valla de gallos, el 24 de febrero de 1895 en la ciudad de Bayamo, en el oriente del país, por un grupo de patriotas cubanos que de esta forma daban inicio a la segunda guerra de independencia de Cuba, que terminó con el dominio colonial español.
Documentos históricos inéditos revelan la presencia de tropas mambisas que en momentos de tregua asistían como aficionados a las peleas de gallos que se efectuaban en medio del monte, durante la lucha por la independencia de Cuba.
Con la república, los amantes de ese pasatiempo se organizaron y constituyeron asociaciones que mediante aportes individuales, construyeron clubes para la práctica del deporte en las capitales de provincias y otras ciudades importantes del país.
Estos elaboraron y pusieron a funcionar un código de ética, uno de cuyos principios fundamentales establecía el deber de sentir más el deporte, que la gloria o el lucro, porque no es comparable a la satisfacción personal e íntima de haber creado algo uno, mediante el esfuerzo y el trabajo.
Por otra parte, mientras los clubes más cómodos, más operativos, funcionaban en las ciudades, en el campo estaban las vallas, a las que acudían mayoritariamente residentes en las zonas rurales, aunque no era extraña la presencia aquí de criadores y aficionados que gustaban de lidiar sus mejores ejemplares en estos sitios.
Las lidias de gallos finos, alcanzaron su mayor auge en las provincias occidentales y centrales del país, no tanto en las zonas del este de la nación, sin que ello aya tenido explicación en algún momento. A juicio de algunos entendidos en el asunto, ello obedece a las desiguales condiciones geográficas, pues mientras en el occidente predominan las llanuras, en el oriente imperan las elevaciones del terreno, lo que de alguna forma, en cuanto se refiere a la crianza de las aves, favorece a los primeros.
En cuanto a la cuestión esencial de las aves, no se pueden soslayar elementos muy importantes, pues aunque biológicamente y en su hábito externo, no se observe diferencia alguna, realmente puede existir en algunos casos cierta distancia genética, que es capaz de influir decisivamente en el resultado del combate.
Los criadores y entrenadores, principalmente, tienen la experiencia de que existen ejemplares finos que combaten hasta la muerte si fuera preciso en algunos casos, y en otros, hasta que una herida grave les impida mantenerse sobre sus patas y continuar la pelea, situación en la que el árbitro declara al ganador del encuentro y retira al vencido del ruedo de serrín.
Hay sin embargo, otros, que no resisten tanto el rigor de la pelea y abandonan la lucha cuando reciben unas pocas heridas, a veces de poca consideración, huyen con la cara limpia, como dicen los entrenadores y aficionados. Estos gallos, son los llamados capirros, pero sólo se descubren cuando sube de nivel el fragor del combate.
Esto no ocurre, con los gallos de línea o de una sola sangre, quiere decir, que no es el fruto de extrañas mezclas genéticas, sino el fruto de sucesivos cruces, acudiendo a los recursos de la biotecnología a la que no todos los criadores tienen acceso.
Allá, por una fecha, que no ha sido posible precisar, se introdujo en nuestro país, un ejemplar procedente, según se hizo saber entonces, de la rivera de Jerez, España, por lo que aquí se le identificó como el jerezano.
Estos gallos resultaban muy buenos en el combate, pues se diferenciaban de los criollos por su fortaleza, agresividad, constante picoteo durante la lucha y su peculiar gorjeo. Eran muy guapos, como se dice en el léxico de los galleros en Cuba, pues peleaban hasta las últimas consecuencias y eran realmente terribles. Algunos entrenadores, por las características apuntadas, rehuían el enfrentamiento de sus finos criollos con los jerezanos. Estos gallos eran bravos, realmente bravos, bravos hasta la muerte.
Esta situación fue similar a la que vino más tarde, y aún subsiste, con un ejemplar mezcla de criollo Cornish, por ciertas facetas muy particulares que tiene en su forma de combatir, que lo convierten en un rival difícil de vencer y que evidentemente le confieren cierta ventaja a los descendientes de los precursores de las lidias de gallos en nuestro país.
Aunque el Cornish no es tan guapo pomo el jerezano, hubo algunos criadores que lograron verdaderas estrellas, por el valor demostrado en el combate.
Entre las cualidades de un buen gallo de pelea se señalan la rapidez de movimientos, ser repetidor, poseer fuerte batida para aprovechar y mantener la ventaja inicial, decisiva al final del combate, así como ser ejecutivos y heridores, capaces de abatirla contrario en pocos minutos de pelea, así como poseer el coraje y valor para soportar el castigo por las heridas recibidas sin afligirse, combatiendo hasta el final.
La clave del éxito para triunfar en este deporte, consiste en que resulta mucho más difícil conservar una línea de primera calidad, que llegar a formarla, los criadores no se pueden cruzar de brazos ante el éxito inicial y creer que todo ya está hecho, pues esto ha llevado a la ruina a muchos que surgieron de la oscuridad, para brillar un corto tiempo y después desaparecer.
Hay casos, en que por azares de uno o varios cruces afortunados, se ha formado una línea notable, pero que ignorantes, no han sabido guiar la evolución de sus crías por el buen camino, porque por exceso de años, por enfermedad, muda defectuosa o por falta de vigor, esos reproductores pierden su valor como generadores de gallos notables.
Estas deficiencias aparecen palpables en sus descendientes y por eso la selección debe ser anual, para separar a todos aquellos ejemplares que presenten defectos físicos, alguna tara o se aparten de la línea que se cultiva y no hayan respondido al índice establecido por su propietario. Así tenemos como factores importantes: Perfección física, muda, vigor y valor deportivo demostrado en el entrenamiento de los pollos nuevos.
Siempre los mejores ejemplares se obtienen de padres fuertes y sanos.
Hoy día se emplean dos sistemas distintos de crianza, con el fin de lograr más pollos, unos criadores se deciden por la forma natural, es decir, con gallinas; otros, escogen la forma artificial, con bastante éxito, llegando a lograr en muchos lotes el ciento por ciento de pollos. También se ha podido observar que no todas las gallinas resultan buenas madres, son las menos por lo regular. Para obtener buenas crías es indispensable la alimentación adecuada, harina y pienso para pollos e higiene absoluta.
La alimentación básica será el maíz, en el cual se encuentran en abundancia las proteínas, no así los carbohidratos o nitrógenos, siendo más que suficiente tres onzas de maíz en su ración diaria.
En las lechugas, tomates y berro se encuentran en abundancia los carbohidratos, aparte de la bola o pelota usada como complemento. Podemos incluir los nitrógenos, contenidos en la harina de pescado, aceite de hígado de bacalao, el huevo mezclado con plátano, unido todo en un amasijo seco, media taza o tres cuartos de esa ración es más que suficiente, administrados en pequeñas dosis, añadiéndole una dosificación de glucosa.
En cuanto al cuido o entrenamiento, es requisito indispensable que los gallos estén libres de todo tipo de parásitos cuando entren a la gallería.
El casillero debe estar tranquilo y ventilado, a fin de que puedan descansar después de sus ejercicios sobre piso de serrín o virutas, con no menos de cuatro pulgadas de espesor, patio sombreado con piso duro y limpio, revolcaderos donde permanecerán por dos o tres días. En lugar aparte los topetones, monas, luchones o avispas sin contacto alguno con los que se encuentran en cuido.
Debe evitarse toparlos entre sí a fondo, utilizando para ello luchones embozalados, de manera que sean ellos los que peguen y se vayan midiendo sin ser lastimados, (porque se pueden producir golpes en los ojos, boqueras, picos lastimados y otros.
Cuando resistan carreras de 10 a 15 minutos, se les va llevando a un esfuerzo mayor, comprobando el agente, utilizando un corredor largo para ver su resistencia, si a los 25 minutos no muestran síntomas de cansancio o agitación.
El último trabajo antes de ir a la valla, debe ser ligero, proporcionándole después un descanso no menor de 8 a 10 días, para que no salga perezoso al iniciar la lidia.
Ocurren situaciones extremadamente curiosas, tales como la del llamado gallo corredor, que no enfrenta a su rival desde el instante en que comienza la pelea, sino que sale corriendo delante de él, que lo persigue por toda la pista y mantiene la carrera hasta que su oponente, deshidratado y totalmente agotado, abandona el combate y se deja caer sobre el serrín, ocasión en que el corredor, como si estuviera esperando ese momento, regresa y lo liquida, si el dueño del contrario no lo retira a tiempo, de una pelea, en la que ya no tiene posibilidad alguna de victoria.
Lo que más llama la atención de todo esto es que el corredor, en ese momento, no muestra la más mínima señal de cansancio o agotamiento, mientras que su oponente puede morir en poco tiempo si no se le hidrata, procedimiento que se pone en práctica en muchas ocasiones, esto es si las condiciones en ese instante están al alcance de la mano y la calidad del ejemplar en estado crítico se lo merece.
Entre otras de las curiosidades de estas aves, está la del gallo gallina llamado así porque su plumaje semeja o es casi igual al de la hembra de su especie, a pesar de que en este aspecto específico, difieren mucho uno del otro.
Justo es subrayar la acometividad y la bravura de la mayoría de muchos de estos especímenes, así como que nunca se ha podido explicar genéticamente extraña cuestión del plumaje, ya que en otros aspectos no se ha descubierto diferencia alguna, incluso pueden ser excelentes patrones de cría, aunque es cierto que algunos criadores los rechazan, aunque sin fundamentos sólidos que justifiquen esa conducta.
Aunque no hay referencias especificas sobre el asunto, México habría abandonado la escuela cubana de preparación de gallos de pelea, en favor de procedimientos menos exigentes, comenzando con el empleo de navajas en lugar de las espuelas, lo que trae por resultado un desenlace mucho más rápido de la pelea. Con este sistema puede obviar el cuido y hasta la calidad de los ejemplares finos. Tampoco cortan ni dan brillo al plumaje de las aves, lo que va en detrimento de la estética, aspecto este de que los cubanos han cuidado con verdadero celo, convirtiéndolo en el elemento principal en que se apoya todo el esplendor emocionante espectáculo de las lidias de gallos.
Sólo una vez, el día que ponía fin a la temporada galleril, en Cuba se enfrentaban gallos con navajas en lugar de espuelas.
Venezuela, Costa Rica, Puerto Rico y Dominicana, siguen apoyándose en la escuela cubana, según testimonio de los que vienen y van a esos países.
Los criadores deben ejercer estrecha vigilancia sobre los pollitos, cuando éstos cuentan entre tres y cuatro meses de nacidos, etapa en que suelen ocurrir los brotes de canibalismo, a causa principalmente de la alimentación deficiente y se manifiesta con ataques masivos entre los polluelos del rebaño que se picotean entre sí incesantemente, se desprenden las plumas, sobre todo de la cola y las alas; a veces con daños de consideración, si no se toman medidas a tiempo. Esto no pasa cuando se prevé esta situación oportunamente.
Los jóvenes ejemplares se mantienen agrupados en un machero, así llamada una jaula o rejón de alambre y unos 25 a 30 cm de serrín sobre el suelo natural, en un área capaz de dar cabida a unos 20 pollos, cuya edad no supera los ocho meses de nacido. En el centro de esa manada está un gallo viejo, sin espuelas, cuya función es evitar la aparición temprana de cualquier manifestación de violencia, la que a su debido tiempo ocurrirá individualmente, y entonces, habrá que apartar al joven ejemplar y encerrarlo en su rejón. Sucesivamente esta medida habrá que tomarla con cada uno de los que componen ese rebaño, hasta aislarlos a todos, que ya jamás volverán a vivir en comunidad. Es el momento en que ya empiezan a cantar y quieren sentirse dueños absolutos de su patio y de las hembras que lo rodean. Esto sucede cuando cuentan entre ocho y diez meses de edad.
El gallo es un animal esencialmente poco sensible y muy primitivo, su temperatura es superior a los 40 grados centígrados, lo que minimiza su capacidad para experimentar dolor, muy superior a la del hombre y por ello tolera tan bien las heridas, digamos que mucho mejor que los humanos.
Son agresivos por naturaleza, pelean entre sí en estado salvaje, y aún en condiciones domésticas, esa es su razón de ser y el hombre, lejos de explotar su situación, lo único que hace es canalizar ese instinto para equilibrarlo y humanizar mediante toda una serie de medidas y reglamentos, lo que inevitablemente habrá de suceder, por imperativo de la naturaleza, en uno o en otro lugar.
En estado salvaje, el gallo más viejo, armado de largas espuelas, aniquilará a los más jóvenes desprovistos en forma absoluta de ese u otros medios de defensa, por lo menos hasta que alcanzan edades próximas a los dos años de nacidos.
En condiciones domésticas, el hombre lo cuida, lo alimenta, lo cura si se enferma, lo utiliza como instrumento de una de las más variadas formas de entretenimiento existentes; es cierto, pero si es joven no lo enfrenta a un rival mucho más viejo que él, tampoco si su oponente lo supera en peso corporal y las armas con que combatirá tienen que ser idénticas. Todo esto, puede afirmarse en forma categórica, humaniza las peleas de gallos.
No obstante, hay personas y hay países, que se oponen a las lidias de gallos, porque son inhumanas. Después de lo antes expuesto, habrá que preguntarse: ¿Quién tendrá la razón?
Algunos extremistas las comparan con las miserables y repugnantes orgías de sangre del histórico circo romano, donde se sacrificaban seres humanos para el disfrute de multitudes fanáticas enardecidas. Otros pretenden establecer un paralelo con las corridas de toros, donde el hombre y el animal son los principales protagonistas, y aunque no como regla general, sino por excepción, a veces el hombre resulta la víctima. Luego de estas reflexiones, podemos asegurar categóricamente que no hay nada más sano y emocionante que una pelea entre una buena pareja de gallos criollos.
La temporada del deporte de los gallos comenzaba en el mes de noviembre y terminaba en mayo del año siguiente cuando llegaba la época de la muda de la pluma. Durante la temporada se celebraban tres grandes fiestas, la primera del pollo, la fiesta del gallo y la segunda del pollo.
Aunque parezca increíble, en el mercado de los gallos de pelea, un buen ejemplar puede cotizarse entre dos mil y cuatro mil pesos, moneda nacional.
Hay un lugar, en el extremo occidental de nuestro país, donde funcionó un club de lidias de gallos y se afirma por aficionados que vivieron en aquella época, que allí jamás un gallo blanco ganó una pelea. Esto no deja de ser, como curiosidad, excepcional.
El hombre de campo montado en su caballo, vistiendo guayabera y sombrero de jipi, una guitarra colgada del hombro y un gallo fino en la mano, se convirtió en símbolo de cubanía.
En Cuba se celebraba todos los años la fiesta nacional del pollo, que comenzaba por la capital del país y luego se extendía a las provincias. Los premios se adjudicaban por rapidez, o sea, a los combatientes que abatieran a sus rivales en la más breve unidad de tiempo. En esta competencia se galardonaban a los tres ejemplares, que por orden, lograran los mejores tiempos.
En 1947 fue convocado el primer concurso Nacional de criadores, el cual se realizó en el Club Gallístico de La Habana, situado en la zona de El Vedado.
Las aves concursantes debían ser ejemplares muy jóvenes, sin despuntar aún, que saldrían al ruedo por primera vez, lo que impartía especial relevancia al evento, ganado por los representantes de Vuelta Abajo, que asistían con nueve pollos y alcanzaron siete victorias y dos peleas tablas, triunfando en calidad de invictos, por lo que uno de ellos declarado Campeón, obtuvo el bello trofeo Linner, que se discutía por primera vez en Cuba.
La inmensa mayoría de los gallos, paradójicamente, no dispone de las mejores armas naturales para la pelea, por lo que antes de cada combate, deben ser provistos de espuelas artificiales, que no serán nunca de material alguno, extraño a la especie. También se obtienen excelentes espuelas del pavo y otros integrantes de la familia de las gallináceas.
Los ruedos o vallas para el entrenamiento y el combate, aunque incomparablemente más chicos que los de los clubes y otras instalaciones donde se realizan las lides, son totalmente redondos, protegidos en todas sus dimensiones por madera laminada extendida en toda el área del redondel que tendrá, además sobre el piso natural, unos cincuenta centímetros de serrín. A partir de ahí se extienden los asientos de palcos y el graderío donde se acomodan los aficionados.
Señalamos con especial interés, como cuestión poco menos que excepcional, la diversidad de colores del plumaje de los gallos de lidia, algo que no se aprecia en otros grupos de aves.
En algún momento las peleas de gallos tuvieron en Cuba tantos seguidores como la pelota, por lo menos más fervorosos y entusiastas.
La raigambre de las lidias de gallos en la Isla Antillana, es de tal magnitud, que muy bien pudiera considerarse como una de las más nobles y acendradas tradiciones del pueblo cubano.
Preciso es subrayar que personas extrañas a la esencia real de los deportes, mercantilizaron las lidias de gallos y en algún momento obtuvieron jugosas sumas de dinero, mediante la cría y venta de ejemplares jóvenes a los apasionados, promoviendo y patrocinando el mágico espectáculo. Los aventureros optan por las apuestas, en las que los más favorecidos por la dicha se llevaron la mejor parte, y los menos afortunados fueron a la ruina.
Debemos insistir con énfasis en que los verdaderos amantes de este deporte, han rechazado siempre esa conducta.
Los criollos, con su ingenio y audacia característicos, crearon una escuela cubana de cría, cuidados y preparación general de los gallos de lidia, la que más tarde se extendió a varios países de centro y sur América, tales como México, Costa Rica y Venezuela.
La familia cubana de los gallos de pelea, vivió una etapa dorada a mediados del pasado siglo XX, cuando coincidieron en el tiempo, criadores del prestigio y la talla magistral de Jorge Luis Abreu, en Las Villas, así como el doctor Jorge Romañach, Diego Trinidad Velasco, el coronel Mendieta y los hermanos Zayas, dueños de los Laboratorios Linner, en La Habana.
En Pinar del Río sobresalieron Daniel María Rodríguez, Gustavo Sánchez, José A. Abreu (Cunia), Chinchín Sierra, el doctor Alejandro Mora, Bartolo Iturrey y Justico García; además de Antonio (Ñico) Vera y Antonio Ma. Padrón, entre otros.
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