El Gallo del Búnker - A Mario Tapia
Por Edwin Sánchez |
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Esperamos nuevas órdenes. El general, hemos conocido, está por irse del país, cambio…
De golpe, se le vinieron los días que aún estaban ahí, sin haber desaparecido por completo.
Repito, el hombre está por partir, cambio. Los gallos, dijo el hombre, con un vestuario de color rojo acabado, ya no cantan las variaciones del tiempo.
Todo se había detenido, como en un lienzo sin pinceles. Por la radio, la voz entraba en medio de los grillos, de la madrugada y de una extraña soledad, nadie está por estos lados con la respiración agitada, enredándose con sus recuerdos hemos avanzado más de lo que creíamos.
Lo dijo con una firmeza que no dejaba más que el desconsuelo de creerle como si declarara un dogma olvidado por la iglesia. Le vi entrado de silencio, por eso quería realmente ver sus facciones, si correspondían con aquella inesperada verdad, o con aquel tipo. ¿Verdad?, sí, es que debieron haberlo escuchado.
Yo le había declarado mi idea de irme a la guerrilla. Ya era insoportable ver tantas desigualdades y corrupción. Comandante, estamos esperando Peor, los tantos años del tirano reeligiéndose, remendando la Constitución, y manteniéndose no sólo en el poder, sino en algo más atroz que eso: en la propia jupa de la gente.
El frío le pasaba por debajo de la chamarra “Esperen… que avance el Frente Occidental…”.
Los gallos…, dijo y soltó aquella certeza que la oigo como si me lo dijera hoy, clarito, porque le salía desde lo más temprano de su ser, sí, de algo que debía formársele allá desde los muros primarios de su vida. Y sí, su cara estaba hecha para hacer funcionar todo lo que de credibilidad se le puede contar a un hombre como aquel, sobre todo cuando decía: las verdades escasean y los hijos de los hombres ya no se preocupaban como antes en tener palabra. Ahora se dice cualquier cosa, y… el mundo se agrada en oírla: la decadencia era un luminoso espectáculo y la mayoría codiciaba la oscuridad de sus reflectores. De eso mero trataba su plática.
En la madrugada, sí que me acuerdo bien, yo había escuchado el lánguido canto de un gallo, y luego una lejana contestación y una más al fondo de los sentimientos de uno, ahí donde nace serenito todo el firmamento de lo que ya uno viene hecho, con todo el amor o el odio, de los puros deseos y hasta un día distinto, ése que andamos ahí, en ese mismo firmamento propio, sin que se note, que tal vez lo olvidamos, y de pronto, aparece, y es capaz de volvernos otro, al menos por un día, ese inigualable que andamos sin que el mundo se dé cuenta. Así me lo decía él. Ese otro día único fue cuando decidiste ir a la montaña. Pues calmosito, limpito, ¡cómo describirlo! se oía su tono, cuando se elevaba sobre los minutos sin estrellas, y luego, caía, casi queriendo decirnos algo: un cambio de tiempo, sí, era lo que decían los mayores. Después llegaba el resto de los cantos, cayendo con toda su sonora cascada de presagios. Todos estamos en posición y una columna del Occidental ya casi rodea el Aeropuerto.
Si no cantan el cambio de tiempo, ¿para qué entonces se despiertan en la mañanita los gallos? Era algo que no entendía, mas con lo que dijo el hombre, flaco, de rostro anguloso y rojo acabado. Por eso, era fácil saber que no mentía, porque su cara tan sólo disponía de unas cuatro o cinco líneas: óseos trazos fugaces, donde ya no era posible poner ni por error un pedazo mal puesto de mentira. Estamos a poco del Búnker Todo cuanto cabía ahí era la mera verdad, la tajona de las verdades, si no sé por qué no se había vuelto maestro, sacerdote, o a lo mejor por eso, por eso, haber, veamos, por eso… algunos no caen bien, porque ese día distinto que andan desde los adentros, me insistía, se les sale con nada y nada, y ahí está lo malo, no ser como los demás: decir sus cosas, sean buenas, ciertas o falsas, y que la época nos lleve me oye, estamos cerca del… quién sabe adónde, dando sus vueltas, sin nadie deteniéndose en esos detallitos, donde lo distinto se menosprecia y el molde, la copia, la moda, el cliché, se admira y se aplaude.
Una parte de la capital no tiene luz
El tipo se quedó callado una lumbre de horas diría yo, por lo que debí esperar. Amigo, le dije, entonces…. ¿Entonces qué? Devolvió. Ya le dije. Los gallos cantan ahora otras cosas. Ah, si supieran.
¿Si supieran, o supiéramos qué, señor? Todo está desolado, cascos y uniformes tirados
Permanecía callado, buscando palabras, de eso me acuerdo, y no cualquier dicho, sino digamos, palabras auténticas, llenas de sentido. Palabras, como decía él, que le salen también a uno de ese día distinto que cargamos a veces sin darnos cuenta. Esperamos sus palabras, cambio…
Cuando los gallos abren el pico es para algo, dijo el hombre, barba escasa, como puesta sin mucha consistencia por un artista del óleo, por lo menos no de esa densidad con la que estaba hecho su palabreo y el rojo acabado.
No hay gallo en el mundo que haya nacido de balde, dijo.
Cada vez, aquel hombre se me volvía más de otro siglo que de esta confusa época donde nos encontramos. El tipo se sentó y poco o nada le veía yo, porque el corredor de luz ya no anotaba su figura, si acaso, una difusa silueta la que yo debía entintar con el juicio de la tarde que octubre nos tendía desde sus vientos lacustres, porque han de saber que las horas que nos va poniendo el Sol encima, llevan sus ondas de razones. Y eso que digo, ni siquiera yo lo sabía, sino que el hombre me lo había dicho, así, más o menos: esos cantos del gallo adelantan el son del gran astro; entonces, estas evidencias del Paraíso –así les decía--- entonan sus verdades y al entrar la mañana, con tantas palabras livianas no queda lugar para ellos. Es raro, comandante, el silencio de la capital es distinto al del monte. Hasta el canto del único gallo que se oye por estos lados, suena diferente. El ejército ahora son bandas desarticuladas. Se oye uno que otro disparo… al fondo de la madrugada
El hombre se alzó todo lo alto que era, silbó, con un sonido que parecía titilar su propio destello de santo en desgracia. Al ratito apareció un alado, triste, de tinto plumaje y esmeraldas timoneras. El hombre, me acuerdo como si fuera hoy, lo tomó, lo acomodó en sus brazos y le sobó el dorso con cierto ritmo como si buscara el arpegio de un consuelo. Ya estamos a poco del Búnker. Un grupo de “bestias” se rindió ante nuestra Columna 24.
Los gallos del pueblo no me dejaron dormir. ¿Qué están anunciando? Comandante, empieza un nuevo día, el General ha huido del país, ¡vivan los héroes, viva la Revolución! Oh, Dios…, después de… no hallo palabras, después de… es mucho esto, no lo oye Comandante, después de… miles de muertos y varias décadas…lo logramos…lo…
Se apoyó en el fusil. El recuerdo se le había quedado pegado. Y sobre todo
aquella sentencia... no sé, no sé, Oh Dios, esto que sentimos… el tirano se ha do…
Ellos, respondió el hombre de rojo acabado, cantan las grandes traiciones.
Comandante, es hora que usted entre…cambio. Estamos en el Búnker. Lo único con vida aquí es un gallo. ¿Qué hacemos? ¿Cuál es la primera orden para estrenar nuestra patria libre?
“Háganse una sopa, que yo me encargo del resto”.
Jinotepe, 5 de octubre 2010 |